La lámpara hace una sombra como de luna. El humo sobre mi cabeza parece nube. El suelo bajo mi espalda ya no es pegajoso y me recuerda a la arena. John Zorn y King Diamond me vuelven cuerdo mientras intento aprender a mirar. Todo lo lejano parece más atrayente.
Descender a los infiernos. El mito de Orfeo es una de las narraciones más repetidas en la historia del cine. Es más, creo que parte de la historia del cine ha girado en torno a él, y como en la Divina Comedia, el cine ha ido recorriendo y bajando círculos y círculos, en busca del infierno más profundo. Un camino definido por la crudeza, la violencia y sobre todo, la autodestrucción. Y el cine lo ha hecho cada vez más explícitamente, hasta parecer en lugar de celuloide, un cadáver gangrenoso cayéndose a trozos. La división esencial del universo es harto sencilla: luz y oscuridad. Parte de los cineastas eligen la primera y otros, como Abel Ferrara, la segunda. Pero pocos lo hacen con la majestuosidad de Ferrara. La majestuosidad del abuso sexual, de la tortura, de la sobredosis, del alcoholismo, del autoritarismo, de la muerte, o sí, la muerte, tan negra y desalmada como debe de ser. Pero también la majestuosidad del dolor, del arrepentimiento, de la pérdida del camino y de la redención desesperada. Para ver a Dios, basta con preguntárselo al Demonio. Tomando forma de policía corrupto y trama policíaca, Teniente Corrupto es uno de los círculos-infernales más descorazonadores de la historia del cine. Y Harvey Keitel, uno de sus mejores condenados. Demasiado para muchos, supongo, teniendo en cuenta que Training Day o Dueños De La calle son a su lado sketches de Barrio Sésamo.
Unos niños jugaban con dos palos. Los palos eran pistolas de neutrones, naves interestelares, llaves mágicas para abrir puertas misteriosas, sables de luz Jedi y hasta hélices de un helicóptero-robot. Si lo tienen presente cuando crezcan, habrá futuro.
Existe una experiencia que a todos nos marca: la inevitable ruptura con el primer gran amor. Existen los doce pasos de los alcohólicos anónimos, las fases del duelo, o los estados de ánimo que sufre a quien se le ha diagnosticado una enfermedad incurable. Bien, en el amor ocurre algo parecido, y aunque mucho menos trágico, resulta igual de intenso. Y esos pasos, son los que se describen en Cashback. Pasos que todos repetimos y que son tan necesarios como pasar la varicela, si no quieres que se vuelva demasiado peligrosa de mayor. Están narrados uno por uno: de forma estilosa, sensible, fantasiosa, muy sensual, pero también irónica… ¡Cuántas estupideces no habremos hecho en esos momentos, de las que luego nos avergonzamos! Si bien es cierto que su humor se acerca a veces a cosas como American Pie, la narración resulta un paseo revitalizador por una ladera primaveral. Y aunque haya cierto toque “poético-artístico-snob-qué guay soy-“, consigue que el espectador empatice de forma íntima con el protagonista. Cashback, reflexiona sobre el tiempo: el tiempo que parece que no pasa, pero que cura las heridas; no existe otro remedio para el mal de amores. Cashback es un cuento con final feliz: porque después del primero, siempre viene un amor mejor. Como en la vida real.
Hay un puente tendido entre la costa y la isla. A un lado está Bukowski, al otro Whitman. Los tablones están hechos de virutas de errores. No es seguro estar en medio. Pero la brisa me gusta.
La historia está llena de códigos ético-morales. Principios que deberían seguirse durante la vida, así de simple. Hace tiempo que me mueve el interés por recopilarlos y compararlos. Algunos son curiosos, otros absurdos, otros tantos inútiles. O puede que todo lo contrario. Puede que los percibamos de ese modo y que los inútiles, realmente, seamos nosotros. ¿Servirían para algo hoy en día?
Hay algunos que se empeñan en ver el mundo como una oscura ciénaga de tragedia. Más bien, creo que es la moda de estas últimas décadas. Sí,hoy en día, el protagonistatiene que morir, no debe haber más que desengaño, y siempre tiene que haber algo peor a la vuelta de la esquina. Vale, muy bien, estupendo, pero en mi opinión, podéis coger ese mundo e inmolaros con él. Yo me uno a otro mundo: de melancolía dulce y finales felices, donde lo mejor está por venir y donde la voluntad de una sola persona es suficiente para doblegar al mundo entero. Yo me uno a ese mundo, el de los New Pornographers, el que se refleja en cada una de las canciones de este álbum. Yo me uno a todos los artistas que son capaces de iluminar la belleza del mundo; yo me uno a sus mentes. Yo me uno a vosotros, New Pornographers, y a otros muchos: The Shins, Camera Obscura,The Pipettes, Sufjan Stevens, Mojave 3, Trembling Blue Stars… Sois más revolucionarios de lo que imagináis.
Creo que mis sentimientos me guían en todo lo que hago. Y creo que soy el mejor argumentando y razonando para que no se note. Ojalá fuera tan simple. Como distinguir el dibujo del color. En fin, bastante hago con preguntarme si soy dibujo o si soy color. Espero ser color. A fin de cuentas, así puedo ser ambos.
Había una vez, un insignificante pececillo en una pecera pequeña. Tanto era así que cruzarla de punta a punta no le llevaba más de cinco aletazos. Sus días pasaban recorriendo el líquido camino una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez. Pronto la penumbra fue cubriendo su limitada vida, sabiendo además con certeza, que moriría si saltaba fuera. Un día pensó, que si el camino constara de seis aletazos, su vida cambiaría por completo. Así que a mitad del camino, dio una voltereta, sumándole así el sexto; al volver, hizo lo mismo. Pasó el tiempo, disfrutó de su nuevo espacio, y más tarde la melancolía volvió. Entonces a su camino, le añadió dos volteretas. Ya eran siete pasos. El insignificante pececillo, había encontrado la respuesta. El tiempo pasó, el pececillo hacía ya toda clase de extravagantes piruetas. Tan graciosas eran, que sus dueños, impresionados por su talento, lo exhibieron al mundo. El mundo pagó bien el espectáculo. Algunos, sin embargo, se sentían apenados por el triste destino del pececillo. Actuaron. Una noche, entraron en la casa, sacaron al pececillo de la pecera, y lo arrojaron al mar. El pececillo sólo tenía una certeza en su limitada vida. Murió en cuanto se sumergió.