Cuentos post-morales I
Érase una vez, una pequeña aldea rodeada por la más tupida vegetación. Nadie podía entrar y nadie podía salir. Vivían ajenos a la vida misma. Su único temor era el demonio Bethlehem, el devorador de pensamientos vacíos. Era débil en apariencia, pues no podía vivir por sí misma. Como un caracol, necesitaba una casa portátil continuamente, y las suyas eran las cabezas de los aldeanos. Los ancianos no tardaron en comprenderlo: para cobijarse, necesitaba espacio suficiente y llena de pensamientos, una cabeza estaba a salvo. Muchas vidas dejaron de correr peligro, pero Bethlehem, sabio parásito, vio en lo etéreo de los sueños, el hueco perfecto. Muchos cayeron de ese modo, pero uno de los sabios, encontró la solución. Era un libro, compuesto por historias que dialogaban directamente con los sueños, manteniéndola así en guardia. Desde entonces, siempre que alguien dormía otro leía el libro a su lado. Tanto fue así, que poco a poco el mundo de los sueños y el real fueron uniéndose, hasta que ya no hubo diferencia alguna. Los aldeanos, caminaban junto a dragones y se bañaban en lagos de oro, despertaban como árboles y dormían como montañas. Eran, la palabra misma.